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Combatiendo al capital en El Ciudadano del Gran Buenos Aires - Agosto 09

Hacia una sociedad boluda en El Ciudadano del Gran Buenos Aires - Junio 09

Heráclito tenía razón en El Ciudadano del Gran Buenos Aires - Mayo 09

 

 

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Intelectuales, violencia y democracia

Mariano Grondona, el autodenominado “analista político”, periodista, abogado, docente universitario (UBA) e ideólogo a veces oficial, en otras oficioso, de cuanto golpe de Estado militar y cívico-militar hubo en la Argentina desde los 60s a esta parte, incluso durante el conflicto que enfrentó al gobierno nacional con la Sociedad Rural; tiene un programa de radio los domingos a la mañana en La Red (AM 910) titulado Pensando... Lo escuché la vez pasada tras hacer un largo zapping radial y de puro vicio antropológico, como quien diría.

Socrático hasta la médula, ese individuo nefasto –si bien a estas alturas no tan peligroso como antaño– sabe como cualquiera debería que pensar es distinguir, como sostenía aquel filósofo; pensar es distinguir, discernir y finalmente discriminar. Por tal razón, aún hoy, él ha optado por seguir siendo vocero de los sectores más retrógrados de la burguesía y la oligarquía argentinas, es decir del imperialismo. Hombre político si los hay, animal político declarado, el tipo ha tomado partido.

Acabo de terminar La batalla de los intelectuales: o nuevo discurso de las armas y las letras, del madrileño-vasco Alfonso Sastre (Bs. As., CLACSO, 2005), y aunque no hace mención al asunto explícitamente, su lectura me llevó a la siguiente conclusión post-socrática: pensar es tomar partido. El autor del libro lo llama, un poco vagamente para mi gusto, implicarse.

Coincido con el griego en que pensar es distinguir y el distinguir debe llevar –debería llevar– a elegir qué defender, qué bandera sostener o ayudar a levantar, por quién o qué optar cuando se han discriminado y entendido o aprehendido los procesos políticos, sociales, inclusive filosóficos. Cuando los Grondonas lo hacen, no hacerlo en la vereda de enfrente equivale a rendirnos ante el enemigo sin presentar batalla y, fatalmente, terminar pasándose a las filas del adversario por migajas o por nada, probablemente. Porque en este caso (tal vez sólo en este caso) es aplicable la matemática propiedad transitiva: si A es igual a B y B es igual a C, C es igual a A.

Por la propia naturaleza de las cosas en una sociedad como la que habitamos y sufrimos, suponemos a priori que los intelectuales son los primeros en ser llamados a ejercer esa función excluyentemente humana: pensar; al menos se encuentran en primera fila cuando convocamos a los pensantes que deberían ayudarnos a entender lo que sucede y actuar en consecuencia. Pero ocurre muy raramente, cada vez menos, que éstos concluyen lo mismo o similarmente a como yo en este momento, tras leer el libro de marras. ¿O no?
Sastre, ya en el prefacio para la edición cubana de La batalla..., nos advierte sobre el leit motiv de su opúsculo:

Hago, como se verá, una especial incidencia en el fenómeno (observable desde hace ya muchos años) del desplazamiento de muchos intelectuales y artistas hacia la derecha más entregada a los postulados reaccionarios del poder capitalista en su fase actual, cuya estrategia pretende basarse en la idea (no verificable) de que el marxismo es hoy una filosofía obsoleta, cosa que, por otra parte, la derecha viene afirmando siempre.

Concretamente en el apartado ‘Los intelectuales y la práctica’, el autor de varios ensayos pero sobre todo de muchas obras de teatro, realiza una crítica furibunda a los intelectuales migrantes de izquierda a derecha, que parecen ser legión en España, y nos anoticia que

por lo demás, siempre han presentado las manos limpias y han vivido en una izquierda estética que les permitió, durante la dictadura [franquista] (siempre hay alguna excepción), evitar el conocimiento interior de las cárceles e incluso soslayar bastante bien (para ellos) los problemas de la censura. El hecho de que hoy hayan desertado definitivamente de toda izquierda (incluso la izquierda moderada y moderante) no es sino otra vuelta de tuerca en su incorporación al “establecimiento”.

Obviamente, el fenómeno no es localmente español sino general: puede verificarse fácilmente la desbandada y posterior realineación de los intelectuales europeos a la derecha más recalcitrante (franceses, alemanes e italianos se cuentan por cientos), mientras que los latinoamericanos hacen lo propio (ya lo hicieron, varios lustros atrás, en el mismo sentido que en Europa, con el caso paradigmático de Vargas Llosa) hacia el tibio cobijo del nacionalismo burgués más rancio, tanto en Venezuela como en Bolivia y aún en Brasil y en la Argentina, bajo el ala del kirchnerismo, por poner sólo unos pocos ejemplos.

Pero no lo hacen porque hayan dejado de pensar; saben y sabemos muy bien que no. Sastre y otros aventuran que migran no para salvaguardar el pellejo, lo que de algún modo (sólo de algún modo) justificaría tal re-tome de partido por el de los adversarios de ayer nomás. “La mayoría de los intelectuales que callan no lo hacen para salvar sus vidas o el pan de sus hijos, sino, como dijo Dalton Trumbo de quienes durante el macartismo traicionaron a sus compañeros, para salvar sus piscinas”, parafrasea Carlo Frabetti en una crítica al ensayo de Sastre que se publica como apéndice en la edición argentina del libro.

Pero Frabetti dice “callan” cuando Sastre no dirige sus dardos a quienes callan sino, como los criticados por Trumbo, a quienes hablan para traicionar y traicionarse en lo que dijeron ayer, para lo cual más convendría callar si al menos se pretendiera conservar aunque más no sea una sombra de honor. El problema, por cierto, es que estos intelectuales hablan, discursean en cuanta tribuna se les ofrece y escriben libros y artículos periodísticos para defender y justificar lo que anteayer bombardeaban con filosas argucias argumentativas pues lo consideraban los progenitores de los males humanos.

Para Santiago Alba Rico, otro crítico de La batalla..., el problema radica en que el “espacio público”, esa zona virtual donde los intelectuales y artistas podían conservar impolutos su independencia, etc., gracias a que “ha estado siempre atravesado por relaciones de fuerza y líneas de tensión, resultado de la resistencia ejercida desde adentro contra las amenazas del monopolio cultural”; el problema, decía, radica en que ese “espacio” hoy ha sido copado por el mercado para instalar el monopolio de las ideas y del discurso, del cacareado “pensamiento único”, según el crítico. El Estado en cierta medida, y poderosos partidos y movimientos de izquierda, por lo general estalinistas-maoístas, parecían ser garantes de aquella cobertura de esa situación cuasi ideal, al menos desde la perspectiva de Alba Rico.

“Hasta hace treinta años –subraya Santiago en su crítica–, el ‘intelectual’ estaba dentro de un espacio público agonístico; hoy está fuera de un espacio público monopolístico. Esa es la gran tragedia política del nuevo milenio: en nuestros días, la honestidad, la independencia, la moral, sólo están fuera. Ni siquiera hace falta ya la CIA para expulsarlas. El ‘espacio público’ ha sido secuestrado por el mercado, cuya dimensión espiritual, en el marco de los bienes intangibles, es el espectáculo”, se lamenta amargamente.

Al respecto, digamos que ese “espacio público” fue, es y será –mientras exista el capitalismo– el mercado, por lo tanto el “secuestro” es previo a cualquier razonamiento sobre el tema. Es el mercado, en definitiva, el que ha engendrado a ese “espacio público” en tanto engendró el terreno sobre el cual existe y a los medios y soportes sobre los cuales el intelectual desempeña lo que se supone debe desempeñar: los periodísticos (televisión, radio, periódicos, revistas, internet), las universidades, las fundaciones filantrópicas, los consejos de ciencias, incluso las organizaciones políticas y sociales, etc.

A propósito de lo postulado anteriormente sobre el arte, debe consignarse que el intelectual no piensa en soledad sino inmerso –embebido– en la telaraña general de tensiones sociales, políticas y humanas que el mercado tiende en toda la trama de la sociedad, aún en sus substratos. Si el artista aún embebido de una cultura signada de las relaciones de producción, tiene la facultad de encerrarse en la propia ‘soledad’ para realizar su obra dado que su materia prima es la imaginación (embebida), se supone que el intelectual tiene la facultad de entender el mundo, pensarlo (él mismo también embebido) y distinguir esas tensiones, esas fuerzas en pugna, esos antagonismos a veces evidentes pero otras subyacentes; por lo tanto debe entrelazar en ese entramado su pensamiento y su acción para comprenderlos, finalmente tomando –o no– partido. Dicho de otro modo: sin el mercado, es decir sin el capitalismo y las relaciones sociales y de producción que genera, en fin: sin la realidad, lo que queda es abstracción, poesía, imaginación o fantasía pura (aunque dudo que exista tal cosa, al menos con altos grados de pureza).

Como conclusión sobre esta cuestión digamos que, para las ciencias sociales y la política, mercado y capitalismo son la misma cosa. Van juntos como el pan y la mantequilla, diría la madre de Forest Gump.

Es el mercado –el capitalismo, pues– el que ha parido a los intelectuales paradigmáticos de hoy: los periodistas. Cuando los intelectuales formales se han retirado (siempre con honrosas excepciones) a sus oficinas gubernamentales para ejercer funcionariatos bien remunerados, a sus cátedras universitarias para justificar las bondades del “capitalismo con derrame” que postula el nacionalismo latinoamericano en boga, a sus laboratorios y academias para estudiar las implicancias del lenguaje (Wittgenstein dixit), etc., son los Grondona, los Lanata, los Morales Solá, los Ramonet, los Verbitzky, ¡los Bonelli!, entre muchos otros, quienes ocupan el “espacio público” y se dedican a pensar la sociedad, la realidad y sus derivados. Desde la tele, la radio, los diarios, las revistas y la internet, incluso desde los claustros y las tribunas políticas, son ellos quienes –como los Brecht y los Sartre tiempo ha– se dedican a modelar el razonamiento social, la táctica de las castas dirigentes y el humor de las masas, siempre bajo el signo ominoso y los designios de quienes en realidad gobiernan estratégicamente este mundo –los grandes capitalistas y el imperialismo–, obvio.

Soslayando el lacayismo (férrea voluntad de lacayo) rampante, la idiotez y la “intrepidez de la ignorancia” de la que en general hacen gala (Sastre, como Macías Picabea primero y Gotzon Toral luego, lo llama psitacismo, del latín psittacus –papagayo o cotorra–; es decir: cotorreo), digamos que a ellos cabe –como a casi todos los intelectuales y artistas que se precien– los Siete tópicos del “buen intelectual” en el día de hoy que Sastre postula en su libro, a saber:

1. El buen intelectual es –y si no lo es debería serlo– un ser políticamente correcto.
2. El buen intelectual está contra toda violencia, venga de donde venga.
3. El buen intelectual es tolerante.
4. El buen intelectual es un ciudadano del mundo.
5. El buen intelectual es pacifista.
6. El buen intelectual es demócrata.
7. El buen intelectual prefiere –en el caso de haber de elegir– la injusticia el desorden.

Interesan particularmente los puntos 1 y 6, pues están íntimamente relacionados (todos lo están, en realidad), para desarrollar en el presente texto, pero antes expondré algunas líneas sobre el último, ya que tiene fuerte actualidad a la luz de sucesos argentinos contemporáneos y, por otro lado, me suena como el más original de los tópicos, por la exclusiva razón de que yo no lo pensé antes (antes de haber leído La batalla..., quiero decir).

Sastre nos advierte sobre “lo peligroso que puede ser un micrófono en las manos de un cretino, cuando el tal cretino goza de total impunidad”, refiriéndose a las tertulias mediáticas españolas, pero fácilmente extensible al periodismo en general –sobre todo radial y televisivo–, para añadir que en esos mismos ámbitos ocurre los siguiente: “frente a un mínimo de información veraz y contrastada se prima un máximo de opinión desaforada”, nos dice el autor que ha dicho el ya nombrado Toral –profesor universitario y especialista español en medios– en una entrevista de 1998. Nada ha cambiado una década más tarde de formulada aquella brutal consideración; más bien al contrario, la información es cada vez menos veraz y menos contrastada y la opinión cada día más desaforada.

Hace meses que no escucho programas radiales y periodísticos mañaneros –a excepción de los zappings, claro está–, y mucho más que no veo noticieros de televisión; pero cada vez que lo hago, eventualmente, me encuentro con idéntico discurso, el mismo que Peter Capusotto exaspera en la Rock&Pop: el modelo, llevado al paroxismo, impuesto por el diario Crónica desde hace varias décadas y que, según sus detractores, “chorreaba sangre” por donde se lo mirara. “Chorreaba”, modo pasado, digo, pues hoy aquellos detractores hacen idénticos desaguisados periodísticos desde los cinco canales de aire y los cientos de cable y radio porque, se supone, “vende más” debido al morbo popular que ellos mismos han parido a través de años.

Pero si fuera sólo eso... Lo cierto es que al repetir una y otra vez, como para dejar grabado en la mente de los escuchas-televidentes que “hay caos en la ciudad” cuando se produce una movilización de trabajadores despedidos, cuando los desocupados cortan una avenida porteña por pan y trabajo, cuando los trabajadores de Ford bloquean una autopista para pedir aumento de salarios o la reincorporación de cesanteados o los ciudadanos de cualquier ciudad hacen lo propio contra la contaminación, por ejemplo, la verdad última es que el objetivo es imponer la emergencia del orden como estado paradisíaco de una sociedad visceralmente injusta, desquiciante, enloquecedora. Aún si usaran aquella frase en modo figurativo (desorden, confusión), queda perfectamente claro que estos buenos intelectuales-periodistas –y, obvio, sus patrones– prefieren la injusticia...

Para ser justos, advirtamos también que más allá de la manada de imbéciles que pueblan los prime time radiofónicos y televisivos que cotorrean (psitacismo) cuanto la producción les dicta por medio de la “cucaracha”, están quienes llenan de palabras las páginas centrales y columnas de opinión de los principales diarios y revistas argentinos, analistas políticos y sociales –muchos de quienes también ocupan espacios electrónicos con idéntico balbuceo– que piensan (como Grondona) en idéntico sentido.

 

El buen intelectual está contra toda violencia, venga de donde venga

Sobre el espinoso tema de la violencia, que parece poner la piel de gallina a más de un pusilánime, Sastre es bastante explícito al caracterizar:

Insistiendo en la indeseabilidad radical de la violencia en sus diferentes despliegues y entidades –o sea, de las violencias–, nuestro punto de vista entonces y ahora establece que es preciso distinguir radicalmente dos grandes sectores en las violencias sociales y políticas –las violencias de los oprimidos y las de los opresores, o bien, los actos violentos de los pobres y los de los ricos, o bien, las guerras patrocinadas por el Poder y las guerras sediciosas o subversivas, etc.–, y que todos los actos violentos no meramente ‘pasionales’ (amor, celos...) –desde los atracos de bancos a las bombas ‘terroristas’– son síntomas que manifiestan profundos males sociales y que hunden sus raíces en situaciones de radical y lacerante injusticia, plano en el que habría que operar en la tarea de acabar con la violencia en el planeta Tierra, y no golpeando con furia ciega policíaca o militar sobre los síntomas, por medio tantas veces de procedimientos como la tortura que se practicaba y se sigue practicando en las siniestras oficinas del ‘orden público’, en las cloacas de los estados.

En principio, digamos sobre este párrafo en particular y sobre la postura general en la que insiste Sastre, que no todo acto de violencia es “indeseable”, como si tal calificativo se desprendiese de un ‘valor moral’ inmanente a nuestra naturaleza y por lo tanto permanente en ella.

En las condiciones materiales concretas en las que se desarrolla la vida humana sobre la Tierra –y de este mundo real es sobre el que hablamos y pensamos (la historia es más poderosa que los deseos de los hombres, dijo alguien)–, es perfectamente deseable la violencia del esclavo contra el esclavista, la del siervo contra el señor de la gleba, la del partisano contra el ejército invasor, la del ciudadano contra el tirano, la del explotado contra el explotador (¿o no son violentas las huelgas y/o ocupaciones de fábricas al violentar el santo sactorum de la legalidad burguesa: la propiedad privada?). En fin: la del oprimido contra el opresor.

Tenemos, incluso, que la “inseguridad ciudadana” de la que derivan crímenes como el asesinato en ocasión de robo o el secuestro, está embebida de aquellas condiciones materiales, previas a la ocasión del delito y aún del delincuente, que lo y la explican debido a los “profundos males sociales que hunden sus raíces en situaciones de radical y lacerante injusticia”, como dice Sastre. Más allá todavía, hasta los crímenes pasionales (celos, “traiciones”, etc.) no son ajenos, sino más bien todo lo contrario, al estado de alienación del individuo –aguda, enfermiza en estos casos– y hasta al principio de propiedad privada que también embebe al matrimonio (a la pareja en general) en cuanto institución. Como el patrón que prefiere ver cerrada y derruida su fábrica quebrada o vaciada antes que manejada por sus obreros bajo el propio control, el hombre prefiere a su amada muerta –así no la ame ya– antes que en brazos de otro... Este matrimonio consagrado por el Estado y usualmente sacralizado por la iglesia católica (o la que fuere), replica molecularmente las relaciones sociales que lo cobijan: el macho, opresor; la hembra, oprimida.

Y volviendo a esa cuestión de fondo (oprimidos vs. opresores), sostenemos que si bien podemos debatir y debatimos sobre los métodos y los modos, sobre la táctica y aún sobre la estrategia en cada circunstancia, en cada caso y lugar en particular (declaro aquí mi negación teórica y práctica contra el foquismo), insistiré al respecto y de paso con un viejo principio, no por ello en desuso: por muy modernos, sofisticados y hasta ‘humanitarios’ que parezcan los métodos los opresor, y por muy salvajes o bárbaros que sean los del oprimido, siempre defenderé a estos últimos y condenaré a los del primero y al primero mismo.

Mientras todo el mundo bienpensante se rasga las vestiduras por el ataque a las torres gemelas del 11-S y los cientos o miles –todavía no se sabe a ciencia cierta cuántas fueron– de víctimas inocentes que produjo, por mi parte sostengo que aquel y estos fue un acto de guerra justificable, mas no deseable –en este caso particular– y mucho menos condenable; equivalente apenas a uno solo y no más de uno de los ataques masivos y sistemáticos ejercidos por EEUU, la OTAN y/o la ONU –siglas que representan más o menos lo mismo– sobre poblaciones civiles en diferentes partes del mundo, desde hace al menos un siglo a esta parte. Pongamos sólo dos ejemplos para no abundar: Irak y, más atrás, Hiroshima (no se conoce en la historia humana un acto de guerra ejercido por nación o estado alguno, que haya tenido como objetivo militar premeditado a tal cantidad de población civil, como la bomba atómica arrojada por los yanquis sobre esa ciudad japonesa... ¡y lo volvieron a hacer en Nagasaki! Sólo por esto el gobierno yanqui debiera ser juzgado y condenado por genocidio; pero... ¿quién o qué se atrevería a semejante cosa?).

Muchas veces me pregunté y pregunté a interlocutores varios qué hubieran dicho estos enemigos de la violencia “venga de donde venga” –un “valor” aparentemente inextinguible y por lo tanto eterno– en periodos convulsivos como los de la Revolución de Mayo o de la gran Revolución Francesa (para no poner en el mismo estrado a la revolución rusa de 1917, que podría crear suspicacias algunos demasiado suspicaces). Pongamos, entonces, aquellos dos hitos revolucionarios, violentos, a los cuales no obstante todo el mundo adhiere al influjo de la independencia, la libertad, la fraternidad y la igualdad.

Trasladados al Buenos Aires de principios de 1800, ya los veo tratando de convencer a San Martín para que deponga las armas, de que mejor es pedir “por favor” la independencia al rey de España a través del virrey antes que derramar sangre humana, puesto que los reyes colonialistas son seres racionales que entenderán las lógicas argumentaciones a favor de la libertad. O, una vez desatado irremediablemente el conflicto armado, condenando por igual y con idéntico énfasis a libertadores y realistas por hacer uso de la violencia en lugar de sentarse a dialogar...

Análoga actitud tendrían unas décadas antes, trasladados vía túnel del tiempo a la París de finales de 1700, ante los revolucionarios jacobinos, instándolos a deponer su lucha por la libertad, la fraternidad y la igualdad de los seres humanos contra el absolutismo de un rey que, en fin, puede escuchar razones y atenderlas sin necesidad de tanto espamento en La Bastilla y cosas por el estilo. “Porque la violencia siempre engendra más violencia”, dirán con todas las letras a Robespierre estos intelectuales bienpensantes. Seguramente, argumentarán a su favor un “feudalismo con derrame” con nos llevaría, pacíficamente y con paciencia, a la democracia que parieron los campesinos franceses al mando de la burguesía y la intelectualidad jacobinas, con guillotina y todo.

 

El buen intelectual es demócrata

A priori, Sastre parece excomulgar definitivamente a la democracia como fin, siquiera como medio, para alcanzar la felicidad humana o un atisbo de ella. De entrada nomás, en el ya citado prólogo a la edición cubana del libro en tratamiento, caracteriza a

la democracia representativa como un sistema que es ya inequívocamente, descaradamente, sin máscara, el albergue y el castillo –el fuerte– de las injusticias más atroces y de los atentados más graves a las libertades públicas e individuales. (...) Mi punto de vista es que los últimos acontecimientos han puesto fin, definitivamente, a una ilusión: la de que la democracia representativa contenía algunas esperanzas para el futuro de la humanidad, aunque ya se venía afirmando esto con la reserva de que “la democracia era el menos malo de los sistemas posibles”.

Inmediatamente, frente a semejante desilusión, reivindica “un magno proyecto de democracia participativa” de “raíces libertarias”, basada en la “acción directa y popular”. Este tipo de democracia se verificaría en Cuba y, al menos germinalmente, en Porto Alegre... Por eso, una cien páginas más adelante, sostiene:

El proyecto de una democracia participativa emerge con fuerza como contestación, en el marco de la filosofía contestataria, de la resignación ante este mundo, y que suele expresar su magno proyecto en la frase “otro mundo es posible”. Experiencias en este sentido, de momento limitadas al ámbito de la administración municipal, pero con vocación de extensión a más altos niveles, son las que se vienen desarrollando en Porto Alegre, la capital del estado brasileño de Rio Grande do Sul, que además es sede del foro que desarrolla sus trabajos en el sentido de cambiar no sólo la cara sino las raíces del mundo.

Con relación al triste destino de la frase “otro mundo es posible” –muy poco oída últimamente–, que sintetizaría el anhelo de esa “democracia participativa” y sus bondades, diremos sólo que fue la consigna argentina (“otro país es posible”) del Frepaso, que ciertamente reflejaba localmente el burdo pensamiento de Porto Alegre para terminar sus días como furgón de cola y sostén “de izquierda” de uno de los gobiernos argentinos más reaccionarios, derribado por la movilización popular del 19-20 de diciembre de 2001. Oh, paradoja: la “calle” no conquistó el poder, pero ¡derribó a sus teóricos!

Con respecto al Foro de Porto Alegre, que reúne en su seno a lo más dilecto del centroizquierdismo internacional, en su mayoría desahuciados estalinistas que escapan como de la peste ante cualquier cosa que huela a violencia (armas, huelgas, obreros organizados y rebelados, etc.), diremos que en sus años de “trabajos” no ha logrado cambiar nada de “las raíces del mundo”, ni siquiera la cara; sí ha logrado o pretendido maquillar –embellecer– el rostro de un capitalismo “salvaje” al que oponen otro “con derrame”, tal vez más humano. Es en este marco, y no en otro, que proponen algo llamado “democracia participativa” que incluye, por ejemplo, un “presupuesto participativo” que es en realidad una minúscula porción del presupuesto total de Porto Alegre, en su inmensa mayoría destinado a los bolsillos de los contratistas brasileños de obra pública, los mismos capitalistas que han saqueado al Brasil con Lula y desde mucho antes de la existencia del PT.

Como se advierte fácilmente, Sastre no deja de ser un demócrata que pretende calificar a este “sistema de gobierno” mediante el añadido de nuevos y nuevos adjetivos (son solamente adjetivos) con la finalidad de embellecerlo. Sastre parece no querer cambiar el sistema –capitalista– para, una vez destruido, construir otro sobre nuevas bases, a la sazón socialistas. Para él, finalmente, la violencia del oprimido también es “indeseable”. Se nota cuando propone que el lema “la calle al poder” –un sucedáneo algo menos abstracto que “otro mundo es posible” pero que finalmente poco dice... o mucho– y toda la política concreta que conlleva o sugiere, sea el óbice a través del cual podamos –la humanidad– superar las violencias (de un lado y del otro, de opresores y oprimidos) para continuar evolucionando socialmente e incluso como especie. Dice sobre la misma:

Es todavía un sueño, pero ya nos permite pensar en un sentido en que se rechace la línea –quemada por la práctica– de lo que se llamó la dictadura del proletariado y la necesidad de una cobertura de terror. Entonces la violencia pour le bon motif (“buena”, vista desde una izquierda revolucionaria, hoy “malpensante”) acabaría también, junto a la violencia estructural del capitalismo y del imperialismo (la “mala”, desde ese punto de vista), en aquella bolsa en la que humanistas abstractos (los intelectuales bienpensantes) trataron de recluirla –tratan de recluirla hoy– antes de tiempo; y la línea divisoria entre las dos violencias dejaría de ser un criterio para la acción. En tales momentos –utópicos hoy por hoy– sería legítimo estar contra toda violencia venga de donde venga.

Intentando volver para atrás las ruedas de la historia y pareciendo desconocer la tragedia que los anarquistas protagonizaron en la mismísima España republicana, concretamente en Cataluña, Sastre añade a su discurso de pretendido sepulturero “malpensante” de la dictadura proletaria:

El fracaso, en el inmediato pasado, de la dictadura del proletariado, a pesar de –o a causa de– su militarización, por otra parte obligada ante el gran cerco a que la revolución en la URSS fue sometida por el imperialismo desde las mismas fechas de su triunfo en el año 1917, que condujo a una situación análoga a la de las democracias representativas (a una sustitución del pueblo por una clase política), nos pone en el trance de buscar una nueva vía, que, en mi opinión, podrá echar mano de algunos sueños anarquistas de los siglos XIX y XX. Será el reinado, por fin, de la acción directa de los ciudadanos sobre la sociedad en la que viven, por medio de la cual intervendrán en las cuestiones esenciales de la vida humana. Directamente, pues, y no por medio de delegaciones burocráticas.

En seguida, se pregunta retóricamente:

¿Pero para llegar a eso no habrá que asaltar antes con las armas en la mano los Palacios de Invierno del capitalismo? ¿Habrá otros caminos para ocupar niveles superiores a los municipales por medio de movimientos democráticos participativos? ¿Se puede suponer que las urnas sean esos medios para iniciar procesos que luego se impondrán por la fuerza de la acción directa de los ciudadanos?

Como no se anima a negar lo primero y afirmar todo lo que sigue por temor a parecer –a confesarse, a ser– “bienpensante”, Sastre salta al siguiente párrafo con más retórica que preguntas:

¿Podemos pensar ya en Porto Alegre como una esperanza verdadera? ¿O en que el triunfo en las urnas de Brasil de un Presidente (Lula) que asumiría –que dice asumir– las reivindicaciones de los condenados de la tierra es el comienzo de esa nueva vía? ¿De qué manera va a terminar –o a seguir– el movimiento “bolivariano” en Venezuela?

Y así continúa. Luego cita varias veces a Trotsky, pero ya es tarde... El descubridor de la revolución permanente no puede hacer nada al respecto. No hay forma de que el demócrata salve el pellejo ante semejante evidencia. Nadie –ni Lenin ni Trotsky– puede evitar que Sastre, como cualquier “bienpensante” que se precie, tropiece con la piedra con la cual tropiezan una y otra vez e indefectiblemente estos “demócratas participativos” que es, justamente, la de la violencia... Sastre quiere dejar de serlo pero vuelve una y otra vez a “bienpensar” cuando –retóricamente– se pregunta si Lula y Porto Alegre no son la “nueva vía” para llegar a la “democracia participativa” que finalmente nos lleve al socialismo... ¡Uf!, parece mentira (y es bastante cansador, mentalmente hablando) que a esta altura de los acontecimientos e incluso con intelectuales “malpensantes”, haya que discutir este asunto: la infructuosa búsqueda de una “vía” alternativa al socialismo que nos permita saltear la “indeseable” violencia (ergo, la lucha de clases) y, desde luego, la “fracasada” dictadura del proletariado.

No menciona a la república española –sino más adelante– pero sí al Chile de Allende (“revolución democrática y pacífica”, dice), a la Guatemala de Arbenz, etc.; sin embargo, todavía se pregunta... Y yo lo hago: ¿es que no aprendió nada? ¿Es que los intelectuales “bien” y “malpensantes”, como Sastre y sus admirados Noam Chomsky y James Petras, entre otros, piensan pero no logran entender, distinguir, o todo se reduce a mala fe y a pretensión de engaño? ¿Cuesta tanto comprender y aprehender lo que nos enseña la historia humana, por ejemplo que las “revoluciones democráticas y pacíficas” son utopías (no en el sentido que propone Sastre: lo que hoy es imposible pero mañana puede ser factible, sino fantasmagóricas) o ilusiones, en fin, en el sistema democrático de cualquier pelaje, representativo o “participativo”, y por lo tanto reaccionarias?

A mí tampoco me queda alternativa: para no entrar en la misma bolsa, debo colocarme en el lugar del intelectual (mientras esto pienso y distingo) “muymalpensante”. Así lo hago para comprender España durante la república, tema al que Sastre llega muy brevemente cuando busca aclarar, hacia el final del ensayo ‘Los intelectuales y la práctica’ incluido en el libro, que no siempre, como podría suponerse por los párrafos anteriores, él está contra el orden y a favor de la subversión del mismo. Entonces subraya:

No sé si podrá entenderse, erróneamente, por deficiencias de mi forma de expresión, que en este librito (en que ha desembocado lo que, en principio, no era más que una conferencia) se apuesta por la subversión en cualquier caso, siempre que se plantea un conflicto entre orden y subversión. El orden sería lo malo y la subversión lo bueno. No es así, desde luego, incluso desde mi posición de intelectual “malpensante”; y basta que anecdóticamente recuerde lo que fue en España el orden republicano y lo que significó la subversión franquista. Hay órdenes que yo prefiero, sin duda alguna, a la subversión de esos órdenes.

Igual que los republicanos-estalinistas de entonces al pueblo trabajador español, Sastre busca ponernos entre la espada y la pared: o el orden republicano o la subversión franquista; y si hay algo que no tolero es que quieran colocarme entre la espada y la pared. Me rebelo ante ello y tiendo naturalmente a muy mal pensar... Como que, por ejemplo, que si a algo le debe la victoria de la subversión franquista sobre el orden republicano, es al propio orden de aquella democracia “participativa” que, merced a la negativa de republicanos y estalinistas, no tomó el Palacio de Invierno madrileño, si quiera catalán –para usar la figura utilizada por el propio Sastre–, cuando resultaba de ello el único y último medio objetivo para profundizar la revolución, avanzar a la dictadura de los obreros y campesinos españoles y detener, así sí, cualquier intento de subversión reaccionaria y contrarrevolucionaria.

En aquella ocasión, en todo caso, también era preferible y “deseable” la subversión del orden republicano por parte de anarquistas y trotskistas del POUM que, por error u omisión, tampoco salen indemnes de aquel drama político, histórico y humano. Cataluña podría dar su contundente testimonio.

Mal que le pese al estimado Alfonso, fue la pretendidamente “fracasada” dictadura del proletariado rusa tras 1917 la que garantizó la continuidad revolucionaria, derrotando durante la guerra civil al ejército imperialista (los blancos) más grande que haya conocido la historia; fue la dictadura del proletariado la que garantizó la expropiación y socialización de los medios de producción y la tierra, etc.; en fin...

Qué más tarde el atraso de Rusia y su aislamiento respecto de la revolución mundial hayan parido la reacción estalinista, y consecuentemente la usurpación del poder a los soviets de obreros y campesinos por parte de una casta burocrática contrarrevolucionaria (que terminó sus días pasándose al bando del imperialismo, como anticipó Trotsky que podría ocurrir de no mediar una revolución que la derrocara y reinstalara la dictadura de la clase obrera), no quita un ápice a lo redondamente cierto: que sólo un “renegado” puede calificar como “fracaso” a lo que la historia verifica como éxito y, por ende, de una actualidad insoslayable. Para quien piense y distinga, la dictadura del proletariado tiene una vigencia innegable.

Sastre, como los muchos intelectuales que habitualmente se reúnen o merodean vergonzantemente el Foro de Porto Alegre, “desea” cambiar las formas sin variar el fondo. Pretende una “democracia participativa” sin expropiarle el Estado a la burguesía, violentamente (¿de qué otro modo, sino? ¿Votando cada dos años...? ¿Pidiendo por favor...? ¿Dialogando...? ¿Haciéndola “entrar en razones”...? ¿Por medios evolutivos...? ¿¡Por ósmosis...!?).

El capitalismo es la dictadura del capital, nada menos, y sus tiranos burgueses se calzan los ropajes democráticos pues corresponde (derivado de la lucha violenta en la Revolución Francesa y sucesivas del mismo carácter) al período histórico para gobernar mejor, para oprimir mejor, para alienar mejor y así sostener una tasa de ganancia –mediante la plusvalía– que, no obstante, es ya insostenible debido a la crisis terminal del capitalismo y su modo de producción. Hacer “participativa” la democracia es solamente aumentar uno o dos grados la sofisticación del dominio de la burguesía sobre el conjunto de la población trabajadora, pues no cambia un ápice el carácter el Estado.

Hace unas semanas, antes de que La batalla... estuviera en mis manos, en el programa de entrevistas a presidentes latinoamericanos de Canal 7, el sastreano Lula dijo algo así: “El Estado es para los pobres, porque los ricos no necesitan del Estado”, lo que motivó que yo hiciera una serie de reflexiones sobre el carácter del Estado, brasileño o cualquier otro, que vienen bien a cuento.

Diremos, para empezar, que este concepto alegra a los criticados –por Sastre y por mí– “bienpensantes” y “políticamente correctos”, muy especialmente porque fue dicho por el presidente del Brasil, un paradigma de los “bienpensantes” y tal vez creador pero seguro defensor de cuanto los “bienpensantes” consideran adecuado para reformular –reformar– la democracia, de representativa a “participativa”. Por algo Lula es uno de los personajes políticos más “populares” a escala universal cuando todos o casi todos los personajes de esta jerarquía institucional son considerados, más o menos, dentro de una casta de corruptos que debieran ser erradicados del planeta, o poco menos.

En tanto “muymalpensante” diremos, además, para escozor de los intelectuales “bienpensantes” que habitan pacíficamente este mundo y muy probable molestia del propio Sastre, que lo dicho por Lula, esa frase que podría servir de conclusión a toda o casi toda la teoría de los intelectuales “bienpensantes” terrícolas, resulta a todas luces una mentira, una falacia meramente ideológica, un postulado antihistórico, anómalo.

La verdad –sostenía en aquellas reflexiones que ahora reitero– es que, para sobrevivir, el rico (el capitalista, el burgués, el señor feudal, etc.) es el único que necesita y necesitó histórica y concretamente del Estado. De hecho, lo creó con la primera acumulación de riqueza para garantizar la propiedad de la misma. Los ricos crearon al Estado, en términos históricos, para que éste le garantizara la propiedad privada de los medios de producción (la tierra, la fábrica). Como dice Engels, despojado de todo su ropaje formal y burocrático, el Estado no es más que una banda armada, una fuerza de represión encargada de sostener el statu quo.

Sólo el Estado puede garantizar, en fin, que existan ricos y, por ende, que existan pobres. El Estado es garante de la riqueza y, consecuentemente, de la pobreza. El conflicto de Kraft-Terrabusi –que todavía se desarrolla– es ejemplificador al respecto. Cualquier conflicto entre patrones y trabajadores, en realidad. A quienquiera que haya leído un diario, escuchado la radio, visto la televisión y/o recibido un e-mail o un llamado telefónico, le constará que ante un corte de ruta por trabajo o alimento, ante la toma de una fábrica por despido masivos e incluso por evidente vaciamiento patronal y hasta por la toma de un edificio abandonado o la ocupación de un terreno improductivo por parte de los sin techo, el Estado envía rápidamente a la policía, a la gendarmería y hasta al ejército para restaurar el orden de las cosas: la propiedad privada a quien le pertenece legalmente.

Pero ninguna persona más o menos informada (ni siquiera la más informada) jamás vio, ve ni verá que ese mismo Estado tome igual o similar determinación para restituir derechos igualmente legislados aún constitucionalmente: garantizar a las masas el alimento, la vivienda, el trabajo; mucho menos, por ejemplo, para restituir en sus puestos de trabajo a comisiones internas, delegados o trabajadores despedidos “injustificadamente” y condenados a la miseria, aún cuando existan resoluciones judiciales en ese sentido. El gobierno K –es decir el Estado– no lo ha hecho siquiera en el marco de su “cruzada” contra Clarín, donde no se reconoce a la comisión interna sindical y se despidieron a delegados a los que no se permite el acceso a los lugares de trabajo, aún cuando existen fallos judiciales firmes a favor de los despedidos.

Y hablando de nacionalismo burgués en Latinoamérica, recordemos que Perón sabía lo que aquí se afirma y así lo subrayó en el discurso del 25 de agosto de 1944 en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, para refutar a quienes lo acusaban de anticapitalista: “Sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocios, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa misma del Estado”, afirmó el paradigma en el cual sustentó –exponencialmente– las políticas de sus gobiernos y aún desde la oposición y el exilio.

Sucedía que el general también sabía, quizá mejor que ninguno de sus contemporáneos, que para evitar la “penetración comunista” o izquierdista entre las masas, los capitalistas debían soltar lastre: mejorar la participación de los trabajadores en la renta nacional, aumentar salarios, imponer la jubilación y las vacaciones pagas, etc.; un precio que evidentemente la burguesía nacional no estaba dispuesta a pagar. Por eso fue que Perón “salvó” la ropa de los capitalistas argentinos a pesar de ellos, pues sólo así “se puede orientar, dirigir y conducir a las grandes masas de trabajadores argentinos”, dijo en la misma ocasión. Y así también salvó al Estado y a la democracia; un Estado y una democracia que, gracias a la crisis estructural del capitalismo y a los consecuentes y sucesivos embates –violentos– de la clase obrera y los sectores medios populares, continuamente están al borde de la disolución.

Pero, como decía Engels, el capitalismo engendra a su propio verdugo y no para renunciar al tiranicidio; está en la naturaleza del verdugo llevar a cabo su magna e histórica obra.

 

A modo de sumaria conclusión

Si pensar es distinguir para luego tomar partido, como vengo a sostener, cual colofón digamos que en un mundo de agudos antagonismos sociales, de clase, donde está en el orden del día el ocaso de una civilización –capitalista– y el riesgo de que arrastre consigo a la humanidad toda en su trágica caída, condenándonos a la barbarie de no mediar la construcción (violenta, cataclísmica, mas como “acto de amor”) de una nueva sociedad sobre nuevos cimientos –socialistas–, quien tiene la vana pretensión de no tomar partido por ningún bando, ni siquiera por el del oprimido, más temprano que tarde acaba haciéndolo por la causa del opresor.

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